Está permitido soñar. Pensar en la final cuando no se había pasado los cuartos todavía era territorio de los diarios sensacionalistas y de la afición. Pero la tranquilidad con la que Inglaterra ha pasado a semifinales ha convertido al ‘It’s coming home’, que empezó como una broma, en el himno del país.


“Dirán que solo fue Suecia, que se le debe todo al portero, que todos hubieran batido fácilmente al rival inglés, pero, ¿a quién le importa?”, se pregunta Jason Burt en el Telegraph. “La reconexión inesperada se ha completado y el verano del 2018 se coloca a la altura del 90 y del 96, cuando se llegó a otras semifinales. Quizá la euforia es mayor porque se esperaba poco de este grupo”.

La prensa está dividida entre los que creen que hay que mejorar para conseguir el título y los que consideran que no hace falta. “Habría que decir que Inglaterra debería mejorar la calidad de lo que produce arriba. Deberían pasar el balón mejor y quizá mostrar más arrogancia en posesión”, escribe Daniel Taylor en The Guardian. Jason Burt no está del todo acuerdo: “Nos dicen que hay que jugar mejor pero somos una de las cuatro selecciones que puede ganar este Mundial”.

El optimismo que reina en el vestuario, ausente durante dos décadas, es fruto del liderazgo. Gareth Southgate ha conseguido que jueguen sin miedo, que se desliguen de las derrotas del pasado porque no eran suyas. Y, en casa, la juventud inglesa se identifica con un grupo que les representa.

Pero es verdad que en Inglaterra hay rasgos que no desaparecen con un par de victorias. Los asaltos a un Ikea y los bailes que magullaron una ambulancia ahora que se habla tanto de las dificultades financieras de la Seguridad Social sugieren que para algunos el fútbol reemplaza a la guerra: una victoria equivale a una conquista y da permiso a la humillación del rival. Por suerte, la minoría que se comporta así es cada vez menor.

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